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Los animales se mueren antes que nosotros, y podemos verlo como algo negativo porque tenemos que lidiar con su muerte o como algo positivo, porque podemos acompañarlos en este momento tan difícil.

Los animales pueden llegar a tener dolor por la dolencia que estén pasando, pero viven la muerte como una etapa más de la vida. El sufrimiento es humano, ese darle vueltas y poner mente en lo que ya no puede seguir.

Muchos animales alargan su paso hacia la muerte por el apego humano, dejarlos ir es el mayor acto de amor que podemos hacer por ellos cuando ya es el momento.

Una vez que se pasa el duelo en todas sus fases, es importante darles un espacio no físico en el corazón en el que podamos guardar sus recuerdos. Nunca se van, solamente cambian de estado. Creo que lo más doloroso para las personas es sentir que ya no los van a tener en su vida, pero cuando hay esa comprensión en la que ubicamos de nuevo su esencia, todo se recoloca.

Es importante pedir ayuda si el duelo es difícil, porque en general hay muchas personas que minimizan el duelo por un animal, cuando puede ser a veces peor que el de algún familiar porque pasamos todos los días con nuestro animal y tenemos un vínculo muy especial. Además, hay veces que no se vive el duelo de familiares y al morir un animal, se observa esa acumulación de duelos no sentidos.

El duelo realmente es un proceso de adaptación emocional a una nueva realidad tras una pérdida, porque también nos despedimos de una parte de nuestra identidad, que quizás salía más fácilmente con el animal.

Para superar el duelo, una de las herramientas que recomiendo es crear un pequeño altar con algunas cosas que le gustaba al animal, unas velas, flores, un poquito de su comida, sus juguetes…y escribir una carta con todo lo que te gustaría decirle en este momento. Cada persona dejará el altar el tiempo que necesite.

Cuando trabajaba en la clínica veterinaria, las eutanasias se vivían como un proceso más dentro de la agenda ajetreada. Para mí, era una incoherencia que, en un momento tan vulnerable, fuera tan frío y con prisas por ver al siguiente paciente.

Las personas se quedaban en la sala de espera solos, llorando, mientras tenías que atender a otro paciente en la consulta de al lado.

Y de repente, me tocó a mi vivir ese proceso de duelo con mi perro Yann, que murió con sus 5 años, antes de lo que me hubiera gustado.

Acompañándolo en su enfermedad, sentí que el proceso de su muerte, quería hacerlo en un entorno íntimo y con una veterinaria de confianza. Para nada me apetecía estar esperando en una sala de espera, tumbarlo en una camilla fría y salir llorando a pagar en la caja.

Así que ahí, más que nunca me di cuenta de la necesidad de un espacio seguro que envuelva este momento tan sensible. En ese momento, no me veía preparada para acompañar a los humanos en un proceso tan delicado, porque en la clínica llegó un momento que me puse la coraza, de ver tantas enfermedades y tantas muertes, no podía sostenerlo.

Ahora lo vivo con consciencia, humanidad y mucho cariño, sabiendo que la muerte es parte de la vida, y que acompañar en este momento puede ser tan duro como bello.

Si necesitas que te acompañe en este momento tan sensible, escríbeme.
Un abrazo, Mamen.